miércoles, 22 de julio de 2009

TERCERA EDAD


El día que esté viejo y ya no sea el mismo, ten paciencia y compréndeme. Cuando derrame comida sobre mi camisa y olvide como atarme los zapatos, ten paciencia, recuerda las horas que pasé enseñándote a hacer las mismas cosas. Si cuando conversas conmigo repito y repito la misma historia que tú conoces de sobra como termina, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño, para que te durmieras, tuve que contarte miles de veces el mismo cuento, hasta que cerrabas los ojitos. Cuando estemos reunidos y, sin querer, me haga mis necesidades, no te avergüences y compréndeme, no tengo la culpa de ello, pues ya no puedo controlarlas. Piensa cuántas veces te ayude de niño y estuve pacientemente a tu lado, esperando a que terminases lo que estabas haciendo. No me reproches porque no quiera bañarme; no me regañes por ello. Recuerda cuando te perseguía y los mil pretextos que inventaba para hacerte más agradable tu aseo. Acéptame y perdóname, ya que el niño que ahora soy yo...
Cuando me veas inútil e ignorante frente a todas las cosas tecnológicas que ya no podré entender, te suplico que me des todo el tiempo que sea necesario, para no lastimarme con una sonrisa burlona o tu indiferencia. Acuérdate que fui yo quien te enseñó tantas cosas. A comer, a vestirte y la educación que hoy tienes para afrontar la vida como lo haces. Son el producto de mi esfuerzo y perseverancia por tí.
Cuando en algún tiempo, mientras conversamos, me llegue a olvidar del tema del que estamos hablando, dame todo el tiempo que sea necesario hasta que me escucharas en ese momento. Si alguna vez ya no quiero comer, no me insistas. Sé cuánto puedo hacer y cuánto no debo hacer. También comprende que con el paso del tiempo ya no tengo dientes para morder ni gusto para sentir. Cuando mis piernas fallen por estar cansadas para andar, dame una mano tierna para apoyarme, como lo hice yo cuando comenzaste a caminar, con tus débiles piernitas. No te sientas triste, enojado o impotente por verme como ves. Dame tu corazón, compréndeme y apóyame como lo hice cuando empezaste a vivir...
De la misma manera como te he acompañado en tu sendero, te ruego me acompañes a terminar el mío. Dame amor y paciencia, que yo te devolverá gratitud y sonrisas con el inmenso amor que tengo por tí. Por último, cuando algún día me oigas decir que ya no quiero vivir y solo desearía morir, no te enfades. Algún día entenderás que esto no tiene nada que ver con tu cariño, ni cuánto te amo.
Trata de comprender que ya no vivo, sino que sobrevivo y eso no es vivir. Siempre quise lo mejor para tí y he preparado los caminos que has debido recorrer. Piensa entonces que con el paso que me adelanto a dar, estaré construyendo para ti otra ruta de amor en otro tiempo, pero siempre contigo.
Revista SALUD 2000 nº 97. Hospital San Juan de Dios - León (España).